El valor de lo retro

Se dice que vivimos en una sociedad acelerada, fugaz, que devora información en cada instante. El presente es ya historia a los pocos segundos de producirse, pues aparece rápidamente una novedad más bonita y brillante. Y sin embargo – o quizás por ello – está más de moda que nunca el fenómeno vintage.

Esta tendencia, que no difiere mucho del recurrente tópico “cualquier tiempo pasado fue mejor”, se aplica incluso a un mundo tan joven como el de la tecnología y los videojuegos. ¿Cómo puede ser que nos encante echarle horas a un juego prehistórico, que incluso es posible que lo hayamos completado en el pasado?

No es nada inusual que tengamos un amigo, experto musical, que presume de su cantidad de vinilos. Si lo pensamos fríamente, podríamos pensar que es algo absurdo: es un formato caduco, inusual (¿acaso se venden reproductores de vinilo de forma masiva?), y más aún con el actual panorama de la música, lleno de discos de alta calidad y descargas legales e ilegales a tutiplén.

Sin embargo, en contra de toda lógica (pues otro productos desfasados como el VHS no sufren igual tratamiento) el número de vinilos vendidos en el mundo aumenta cada año. ¿Es puro fetichismo? No, es el valor de lo retro.

Hace falta estar ciego para negar este fenómeno. Se ven grafittis o pegatinas urbanas con Space Invaders. La gente lleva camisetas de juegos de 8 bits. E incluso Sheldon Cooper y sus colegas de Big Bang Therory dedican una noche semanal a echar unas partidas a la Super Nintendo.

Es precisamente en el mundo de los videojuegos donde el fenómeno se vuelve más curioso. Ya no nos sorprende que un amigo nos diga “Me estoy volviendo a pasar *introducir nombre de videojuego de hace mínimo de 10 años*”, ya sea rescatando la consola del fondo del armario o con un emulador para nuestro ordenador o incluso el móvil.

Y si bien en el mundo de la música hay un consenso generalizado de que ya no hay bandas como las de antaño, en el de los videojuegos no sucede igual. Cada año aparecen grandiosos juegos con gráficos espectaculares, en alta definición o con un control revolucionario. No hace falta volver al pasado, ¿o sí?

Supongo que se podría hacer un análisis mucho más profundo de este aspecto, pues como ya hemos comentado, este amor a lo añejo parece no tener demasiado sentido. Pero hay una serie de claves que sí que valdría la pena rescatar.

La primera es el gusto que produce el viaje al pasado, la bendita nostalgia. Jugar a un juego que completaste cuando hiciste la Primera Comunión te hace pensar en esa época y seguro que te hace sonreír al pensar en cómo has cambiado.

La segunda, y no tan evidente, viene dada por el deseo que siempre tenemos de seguridad. Volver a un entorno que conocemos (un juego, una época, que ya hemos vivido o superado) nos tranquiliza y nos borra de la cabeza los problemas de la vida cotidiana.

Una tercera es por propia lógica histórica. Los niños de los 80 son ahora adultos con capacidad adquisitiva, y target comercial por excelencia. Así que venderles las series, películas y videojuegos de su infancia es una apuesta segura.

Y la última, y quizás la más importante, es la pura desconexión con la realidad, con el frenético mundo actual. Rodeados de pantallas planas de 40 pulgadas, música a todo volumen y estímulos por todas partes, el encerrarte en algo totalmente distinto, que no se ha hecho como se hacen las cosas ahora, es una bendición.

Sin duda el tema del retrogaming y el propio mundo vintage podría dar para debates más extensos. Pero hay algo que debe quedar claro: en el fondo, es algo que tiene bastante sentido y que parece que, más que una moda, ha llegado para quedarse.

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